La muestra de Dan Flavin, el artista que revolucionó la manera de crear espacios a través de tubos de luz, llegó a su fin en Buenos Aires. En su último día recorrí completa la exposición en el MALBA, que pudo visitarse del 12 de junio al 17 de agosto de 2026.
En un feriado frío y nublado, el museo despidió las obras lumínicas de este pionero del arte minimalista, nacido en Nueva York. Las piezas, realizadas principalmente durante las décadas de 1960 y 1970, evidencian una sorprendente atemporalidad.
La simpleza de sus esculturas pone en evidencia la importancia de la luz y el color en la percepción de un espacio. Flavin utiliza tubos fluorescentes y soportes metálicos para crear efectos lumínicos que dialogan directamente con la arquitectura, transformando la manera en que percibimos muros, límites y dimensiones.
Uno de los elementos centrales de su obra es la esquina. A través de la luz, Flavin interviene el encuentro entre dos muros y logra desdibujar sus límites, proyectando la obra hacia el espacio real.

También el color adquiere un papel fundamental. Las diferentes tonalidades de los tubos modifican la atmósfera y generan nuevas percepciones sobre el espacio que las rodea. Algunas obras, además, reflejan acontecimientos políticos e históricos de su época, como la Guerra de Vietnam.
La serie Monumentos, dedicada al artista constructivista ruso Vladimir Tatlin, reúne configuraciones realizadas con tubos fluorescentes blancos que evocan tanto su célebre proyecto arquitectónico como la verticalidad de los rascacielos de Nueva York.


La muestra fue una invitación a mirar la luz desde otro lugar porque un mismo espacio con otra luz, puede convertirse en otro. Y esa es, quizás, la reflexión que más me interesa rescatar desde una mirada interiorista: la iluminación no es simplemente aquello que permite ver un espacio. También puede transformarlo, definirlo, modificar sus límites y crear una nueva experiencia dentro de él.
AP


